Pierre Lévy*
El libro de Miguel Zapata Ros sobre las amenazas híbridas y el caos en Internet es oportuno. De hecho, nos encontramos en medio de una confrontación que no es sólo económica y militar, sino también cultural, que enfrenta a un eje ruso-iraní-chino contra un Occidente a la deriva. El antisemitismo es el denominador común de una extraña alianza ideológica entre el imperialismo ruso, el islamismo y el comunismo (y sus avatares occidentales “woke”). Pocas personas sospechan que las potencias revisionistas y sus aliados internos en Occidente, incluidas las agencias de prensa, los medios de comunicación y los partidos extremistas, coordinan su propaganda, ya sea de manera centralizada o en un modo mimético en tiempo real. En estas circunstancias, la manipulación y la desinformación en línea son de naturaleza estratégica, porque la opinión pública y la moral de las poblaciones objetivo -en otras palabras, sus mentes- están en juego. Pero ¿es Internet realmente el principal campo de batalla para el control mental? La respuesta es un sí inequívoco.
Menos de un siglo después de la invención de los primeros ordenadores, más del sesenta y cinco por ciento de la población mundial está conectada a Internet y la memoria del planeta está digitalizada. En Europa, la proporción de la población conectada a Internet asciende al 95%. Además, el 40% de los europeos y el 50% de los estadounidenses y canadienses leen las noticias a través de las redes sociales (me refiero a las redes sociales, no a Internet en general). En todas partes, la proporción es superior al 50% entre los menores de cuarenta años. Para obtener datos específicos sobre la lectura de periódicos frente a la lectura de textos en línea: el 80% de los menores de treinta años leen las noticias en línea según los datos del Pew Research Center.
En comparación con el siglo XX, la esfera pública ha sufrido una transformación radical. Si se encuentra un dato en un punto de la red, está en todas partes. Del texto estático sobre el papel hemos pasado al hipertexto ubicuo y, después, a un architexto surrealista que reúne todos los símbolos. Ha empezado a crecer una memoria virtual, segregada por miles de millones de vivos y muertos, llena de idiomas, música e imágenes, llena de sueños y fantasías, mezclando ciencia y mentira. La nueva esfera pública es multimedia, interactiva, global, fractal, estigmérgica[1] y, a partir de ahora, mediada por la inteligencia artificial.
La nueva esfera pública es global. Tanto la web como las grandes redes sociales como Facebook, Twitter, LinkedIn, Telegram, Reddit, etc. son internacionales y multilingües. La traducción automática ha llegado a un punto en el que ya podemos entender, con algunos errores, lo que alguien escribe en otro idioma. Yo añadiría que, en paralelo a la traducción, avanza la síntesis automática de textos largos, lo que aumenta la porosidad de las distintas burbujas cognitivas y semánticas.
La esfera pública digital es fractal, es decir, se subdivide en subgrupos, que a su vez se subdividen en subgrupos, y así de forma recursiva, con todas las combinaciones e intersecciones imaginables. Estas subdivisiones se cruzan con distinciones de plataformas, idiomas, áreas geográficas, intereses, orientaciones políticas, etc. Algunos ejemplos son los grupos de Facebook o LinkedIn, los servidores de Discord, los canales de YouTube o Telegram, las comunidades de Reddit, etc.
La nueva esfera pública es estigmérgica . Si bien el intercambio de mensajes punto a punto todavía se produce, la mayor parte de la comunicación social se desarrolla actualmente de manera estigmérgica. La noción de estigmergia es una de las claves para comprender el funcionamiento de la esfera pública digital. Tradicionalmente, distinguimos tres patrones de comunicación: uno-uno, uno-muchos y muchos-muchos. El patrón uno-uno corresponde al diálogo, al correo postal clásico o al teléfono tradicional. El esquema uno-muchos describe un editor/transmisor central que envía sus mensajes a muchos receptores llamados «pasivos». Este último esquema corresponde a la prensa, la industria discográfica, la radio y la televisión. Internet representa un gran avance porque permite a todos los participantes transmitir a un gran número de receptores en un esquema de red descentralizado «muchos a muchos». Esta última descripción es, sin embargo, engañosa. En efecto, si todos transmiten para todos (que es el caso), no todos pueden escuchar a todos. En realidad, lo que ocurre es que los internautas contribuyen a la creación de una memoria común y, a cambio, conocen el contenido de esta memoria a través de procedimientos automatizados de búsqueda y selección. Son los famosos algoritmos de Google (Page Rank), Facebook, Twitter, Amazon (recomendaciones), etc. Su etimología griega explica muy bien el significado de la palabra « stigmergia »: las marcas (stigma) son dejadas en el entorno por la acción o el trabajo (ergon) de los miembros de una comunidad, y estas marcas a su vez guían sus acciones, y así sucesivamente. El caso clásico es el de las hormigas que dejan un rastro de feromonas a su paso cuando llevan comida al hormiguero. El olor de las feromonas incita a otras hormigas a seguir su rastro para descubrir el botín y llevar comida a la ciudad subterránea dejando también un mensaje perfumado en el suelo.
Se puede afirmar que cualquier forma de escritura que no sea abordada con precisión es una forma de comunicación estigmérgica: se depositan rastros para su posterior lectura y actúan como memoria externa de una comunidad. El fenómeno es antiguo, pero adquirió una nueva dimensión a partir del cambio de siglo. Inmersos en la nueva esfera pública digital, nos comunicamos a través de la masa oceánica de datos que nos reúne. Los enciclopedistas de Wikipedia y los programadores de GitHub colaboran a través de la misma base de datos. Sin que lo sepamos, cada enlace que creamos, cada etiqueta o hashtag que colocamos en una pieza de información, cada acto de calificación o aprobación, cada «me gusta», cada solicitud, cada compra, cada comentario, cada acción de compartir, todas estas operaciones modifican sutilmente la memoria común, es decir, el magma inextricable de relaciones entre datos. Nuestro comportamiento en línea emite un flujo continuo de mensajes y pistas que transforman la estructura de la memoria y contribuyen a dirigir la atención y la actividad de nuestros compañeros usuarios de Internet. En un bucle sin fin, depositamos en el entorno virtual unas feromonas electrónicas que determinan la acción de otros internautas y entrenan las neuronas formales de las inteligencias artificiales (IA).
La nueva esfera pública está mediada por la inteligencia artificial. El cerebro biológico abstrae los detalles de las experiencias reales en esquemas de interacciones, o conceptos, codificados por patrones de circuitos neuronales. De la misma manera, los modelos neuronales de la IA condensan los innumerables datos de la memoria digital. Comprimen los datos reales en patrones y patrones de patrones. Condicionados por su entrenamiento, los algoritmos pueden entonces reconocer y reproducir datos correspondientes a los patrones aprendidos. Pero como han abstraído estructuras en lugar de registrarlo todo, son capaces de conceptualizar correctamente algunas formas (de imagen, texto, música, código…) que nunca han encontrado y de producir una infinidad de nuevos arreglos simbólicos. Por eso hablamos de inteligencia artificial generativa.
La memoria digital se separa de su lugar de origen y recepción, se almacena, espera ser leída, suspendida en las «nubes» de Internet, embebida en software. Esta masa de datos está ahora virtualizada por modelos neuronales. Y los patrones ocultos en las innumerables capas y conexiones de los cerebros electrónicos hacen llover nuevos objetos simbólicos y, entre ellos, torrentes de falsificaciones y desinformación.
Deberíamos acostumbrarnos: la polis se ha trasladado a la gran base de datos global de Internet. Como resultado, las luchas de poder –todas las luchas de poder, ya sean económicas, políticas o culturales– se repiten y se complican en el nuevo espacio digital. En el resbaladizo terreno de las redes sociales, los bandos opuestos tienen sus ejércitos de trolls coordinados en tiempo real, equipados con los últimos bots, informados por análisis automático de datos y aumentados por el aprendizaje automático. En la furiosa guerra civil mundial, con la política interna y externa inextricablemente entrelazadas, los nuevos mercenarios son los influencers.
Pero todas estas novedades no invalidan las reglas clásicas de la propaganda, que siguen siendo válidas hoy: repetición continua, sencillez de las palabras clave, imágenes memorables, provocación emocional y resonancia identitaria. Nadie ha olvidado el sabio consejo de Maquiavelo sobre cómo conseguir que el enemigo se destruya a sí mismo: «La guerra secreta consiste en ganarse la confianza de una ciudad dividida, mediar entre las dos partes hasta que lleguen a las armas; y cuando finalmente se desenvaine la espada, prestar una ayuda cuidadosamente medida a la parte más débil, tanto con el fin de hacer durar la guerra y dejar que se consuman mutuamente, como para evitar revelar la propia intención de oprimir y someter a ambos por igual, mediante una ayuda demasiado masiva. Si se sigue este camino con cuidado, casi siempre se alcanzará el objetivo.» [en Discurso sobre el primer decenio de Tito- Livio mi traducción].
Con la cabeza gacha sobre nuestros teléfonos inteligentes, hacemos girar en círculos los estereotipos que refuerzan nuestras identidades fragmentadas y nuestra memoria corta bajo la mirada sarcástica de expertos en intoxicaciones, comunicadores subvencionados, especialistas en marketing y agentes de influencia geopolítica…
A pesar de todo lo anterior, la esfera pública del siglo XXI es más abierta que la del siglo XX: los ciudadanos de los países democráticos gozan de una gran libertad de expresión y pueden elegir sus fuentes de información entre una amplia gama de especializaciones temáticas, idiomas y orientaciones políticas. Esta libertad de expresión e información, el nuevo poder distribuido de creación y análisis de datos, por no hablar de las posibilidades de coordinación social que ofrece el nuevo medio, representan un potencial emancipador. Pero sólo una verdadera educación al pensamiento crítico en el nuevo entorno de la comunicación actualizará este potencial de ciudadanía renovada. Para dejar las cosas claras, un estudio de la BBC[2] mostró recientemente que la mitad de los jóvenes de 12 a 16 años creen las noticias compartidas en las redes sociales sin comprobarlas. Y sabemos por experiencia que los niños no son los únicos sujetos crédulos. Lo ideal sería que la nueva educación del pensamiento crítico (Lévy, 2025) enseñara a los futuros ciudadanos a organizarse como pequeñas agencias de inteligencia autónomas que prioricen sus intereses, seleccionen cuidadosamente las fuentes diversas, analicen los datos en función de hipótesis explícitas y mantengan una clasificación pertinente de su memoria digital personal. Deben aprender a discernir las fuentes de datos en términos de organizar categorías, narrativas dominantes y agendas. Se les inculcará el reflejo periodístico básico de hacer referencias cruzadas de las fuentes identificadas de esta manera. Finalmente, se debe entrenar a los estudiantes en inteligencia estigmérgica colectiva y aprendizaje colaborativo. Para profesores, estudiantes, periodistas y ciudadanos, el libro de Miguel Zapata Ros sobre amenazas híbridas es un gran recurso al servicio de un pensamiento crítico renovado.
Pierre Lévy
Université de Montréal, Montréal, Canada.
Referencias. –
Lévy, P. (2025) Symbolism, Digital Culture and Artificial Intelligence. RED. Revista de Educación a Distancia.81. DOI: http://dx.doi.org/10.6018/630211
Marsh, L., & Onof, C. (2008). Stigmergic epistemology, stigmergic cognition. Cognitive Systems Research, 9(1-2), 136-149.
* Prólogo de los libros
Amenazas Híbridas – Cómo crear el caos en línea
Amenazas Híbridas – El nuevo tipo de guerra de la Sociedad Digital
Autor: Miguel Zapata Ros
[1] Nota del traductor: En su formulación más genérica, la estigmergia es el fenómeno de la comunicación indirecta mediada por modificaciones del entorno.
Extendiendo esta noción, se podría concebir la estigmergia social como el análogo extracraneal de una red neuronal artificial que proporciona una estructura epistémica. Marsh y Onof () recomiendan un marco estigmérgico para la epistemología social que dé cuenta de la supuesta tensión entre la acción, los deseos y las creencias individuales y los corpus sociales. También proponen que la denominada tesis de la “mente extendida” ofrece el análogo cognitivo estigmérgico necesario para un conocimiento estigmérgico.
La estigmergia como teoría de la interacción dentro de la teoría de sistemas complejos se ilustra a través de un ejemplo que se ejecuta en un algoritmo de optimización de enjambre de partículas
[2] https://www.bbc.co.uk/newsround/61856053
OpenEdition le sugiere que cite este post de la siguiente manera:
Miguel Zapata Ros (11 de diciembre de 2025). La esfera pública digital y la urgencia de un nuevo pensamiento crítico. RED. Recuperado 15 de septiembre de 2026 de https://doi.org/10.58079/15bvp
